He tenido que sujetarme para no devorar ansiosamente la segunda entrega de El Héroe de David Rubín (o, como él mismo se bautiza camuflado en la esquina de una página, Rubén Diván), la que tras más de un año de espera da por finalizada la saga de los doce trabajos de Heracles. Es este un tebeo que necesita ser degustado recreándose en cada una de las viñetas y en cada uno de los saltos de la trama pues nos lleva a la conclusión de un relato que nos cuenta la hermosa forma, escasas veces mostrada, en la que un héroe de leyenda envejece.
Las acertadas notas de Craig Thompson aúnan las referencias al rock and roll con Paul Pope y Pablo Picasso. Son la introducción a una aventura de imaginación desbordante que persigue recuperar el sentido de la maravilla de Jack Kirby y de los viejos cómics de la DC, páginas que nos remiten a una niñez iluminada por incontables lecturas de la editorial Vértice. A su lado encontramos una reflexión más profunda sobre la figura del héroe y la función de los cómics superheroicos. Rubín parece alinearse con la demoledora frase de Seth acerca de Marvel en La Vida Es Buena Si No Te Rindes: “En los años sesenta era una maravillosa línea de cómics (…) ahora es un detestable conglomerado que difunde malos dibujos”.
El autor se vale de una puesta en escena fascinante con estética de vídeo juego. Traslada la Grecia clásica al Japón en choque entre la hipertecnología y lo más tradicional que se encuentra en los manga de Akira Toriyama y Katsuhiro Otomo, y nos lleva de la caricatura al gore y vuelta atrás. Añadan al cóctel unas cuantas portadas de discos de los años 70 (¿Me ha parecido ver viñetas que homenajean tanto al segundo disco de Free como al Atlantic Crossing de Rod Stewart? ¿Cita Heracles, el héroe protector de los niños, la canción Beautiful Boy de John Lennon?) y, sobre todo, una impresionante capacidad narrativa (ese primerísimo plano de una suela zapatilla deportiva corriendo es todo un hallazgo) y tendrán un relato deslumbrante que concita dualidades como Thor y Loki, el Capitán América y Bucky, Batman y Robin, a Aquiles y Patroclo, para dar lugar a una fábula sobre el poder político y la manipulación de lo legítimo por lo legal.
Lo único que reprocho a Rubín/Diván, quizá sea, por una parte que, como le sucede a su tocayo David Mazzuccheli en Asterios Polyp, lo intenta con demasiadas ganas y el resultado en ocasiones es agresivo en exceso para con el lector, un poco descaradamente evidente. Y por otra, la cantidad de bocetos, ilustraciones y portadas alternativas que se han quedado por el camino y que espero que algún día sean recogidas en una edición integral. El Héroe no es sólo, otra vez, mi tebeo favorito del año, sino de muchas vidas, de parte de uno de los autores más apasionantes que tenemos en España y uno de los dibujantes con más clase.


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